Ahora tener que ir al banco exige una preparación comparable a un viaje para acampar en la montaña, pero con la gran y notable diferencia que no tiene la emoción del contacto con la naturaleza, ni el rato de esparcimiento, en su lugar se trata de lidiar con el tráfico, las interminables colas, la pantalla donde nunca aparece tu número para ser atendido, el miedo a ser atracado en el camino, entre otros factores que van estrechamente ligados a la transacción a realizar.
No importa a qué vayas, tendrás que madrugar, aunque llegues tres horas antes de que abra la entidad siempre habrá otro que llegó primero que tú. Una vez abierta la agencia, si es por números, misteriosamente parece que los dígitos que conforman el tuyo no están dentro del sistema de la pantalla, porque aparecen todos menos el que te tocó. Si es por orden de llegada una vez que estés cerca de ser atendido hacen acto de presencia toda una cuadrilla de mujeres embarazadas y ancianos, quienes como todos sabemos pasan primero, cosa que hay que respetar además.
